Mi amiga Marisol era lesbiana y hortera. No, no escribo "era" porque se haya muerto, que Safo me la cuide, sino porque digo yo que, con los años, se le habrá pasado ese desaforado amor por las sevillanas.
El caso es que... Allí estaba yo, vestida de con ese traje de gitana de color azul turquesa y con el flequillo plantao porque para eso eran los 80...
Cerré los ojos y me concentré en mis incipientes superpoderes. ¿Conseguiría ser invisible una vez más para casi todo el personal? Abrí un poco la cortina, miré y vi que más de la mitad del público del antro era bolleril y para mi, en aquella época, las lesbianas eran lo que la kriptonita para Superman, es decir: si las maricas, por regla general, no me veían ni a dos centímetros de distancia, las bollis eran capaces de distinguirme aunque me fuera con el mismísimo Wally de excursión.
La gran pregunta es: ¿Qué coño hacía yo vestida de gitana en las bambalinas de un local de mala muerte donde solían actuar Lorena Delón y otras transformistas de lo más trash? ¿Cómo se me ocurría semejante estupidez si sólo me sabía la primera de las sevillanas y mal?
Había dos razones principales:
a) Marisol actuaba todos los sábados vestida de corto y no tenía pareja de baile para esa noche.
b) Un tal Alberto, que vestía en plan Lain (Si no recordáis a este genio de la música de los ochenta haced click en la foto de los escolares de abajo, el video no tiene desperdicio) era el chico de la otra pareja de sevillanas. Parecía gay, pero me había echado unas cuatro miradas, así que para él no era invisible. Toda una novedad.
Total, que salí al escenario en cuanto María del Monte empezó a desgañitarse. No me preguntéis qué tal me fue porque antes de bailar me metí cuatro bourbons entre pecho y espalda.
El caso es que, finalizado el baile, me vi transportada sin saber por qué ni como a unos sillones de skay donde el tal Alberto se empeñó en descubrir hasta qué punto eran redondas mis amígdalas...
Huelga decir que en ese momento ya, directamente, dejé de ser invisible para todo el bar, machos incluidos, porque no hay nada que le guste más a una marica mala que despellejar a otra marica mala que se haya metido, desorientada, por unos minutos en el armario...
Y vosotros diréis, ¿mala? ¿Hasta qué punto era pérfido el tal Alberto con el que me dejé la espalda pegada en el skay?
Pues... mala no, pero puta un rato. En el próximo capítulo conoceréis al de Elche y lo entenderéis todo...
CLICKAD, CLICKAD EN LA FOTO ESTA DE LOS NIÑOS, QUE VAIS A VER QUÉ BIEN SE LO PASAN CON LAIN Y EL ARRIQUITAUN