El pendiente de la Dietrich
El pendiente perdido de la Dietrich se había convertido en una especie de mito, en toda una leyenda para los trabajadores del parque de atracciones inglés de Pleasure Beach. Desde que a la diva se le cayó en la inauguración de la montaña rusa, el caso había pasado por diferentes estadios: desde la preocupación de los responsables del parque por hallarlo y entregarlo intacto a la estrella ante los flashes de los reporteros, pasando por el cachondeito que cundió entre los trabajadores cuando llegaron a la conclusión de que Marlene se lo había inventado; hasta las frases hechas que se oyen en la actualidad...
Dichos del tipo: "ese niño está más perdido que la perla de la Dietrich", una gracia que todos los empleados del parque repiten cada vez que ven a un crío llorando, sin saber de dónde viene, como cuando decimos "eres más tonto que Abundio", sin tener ni idea de quién es ese pobre señor.

El caso es que, en la actualidad, entre todos los operarios del parque de atracciones, hay uno que hace el trabajo más asqueroso, por encima de las señoras de la limpieza que rascan los báteres con los cepillos, un curro más desagradable que el de los chavales encargados de arrancar los cientos de chicles que se pegan en el suelo; este señor se ocupa de desatacar, drenar, extraer las cosas más nauseabundas de los sitios más increíbles.
Hace unos días le encargaron drenar el lago de la montaña rusa. Sacó tres dentaduras postizas, una peluca y un sujetador. Lo de los dientes se entiende: al fin y al cabo, es fácil imaginar a sus dueños abriendo la boca de par en par en el grito del descenso. Lo de la peluca no requiere mucha explicación. Lo del sujetador, sinceramente, a pesar de que me parece muy excitante follar en cualquier sitio, se me escapa.

El operario ya se iba a casa cuando creyó ver algo brillando entre la montaña de mierda y lodo que había en el fondo del lago. Pensó en mandar al aprendiz, para no pringarse las botas, pero aquello relucía del tal manera, que le salió el instinto de urraca y fue él mismo a comprobar de qué se trataba.
Era un pendiente de oro, con una perla tan rara como la que fue su dueña... Enorme, especial, brillante, sobria, enigmática y sola, sin saber dónde encontrar su par.
Las manos de aquel hombre, que llevaban años y años apartando pura mierda, sujetaron por un instante todo el glamour del Hollywood de los 30.
Las medallas se las colocaron los gerentes del parque, pero él siempre podrá contar que estuvo más cerca de la oreja de la Dietrich de lo que muchos hombres y... algunas mujeres... soñaron.
Así he imaginado esta historia basándome en hechos reales, tanto que han sido publicados hoy en El País. Haced click, debe de ser la noticia más poética en años.


JAMV dijo
Grazie cara, por acercarnos noticias tan poéticas, que con este horario de mierrrrda,
No tengo ni tiempo de echarle un ojo al periódico,
Baci
11 Enero 2007 | 04:38 PM