Mi mejor amigo es un bellezón. Esa es una verdad universal, tan cierta como que hoy hace un frío del copón en Madrid o que lo mejor de los yogures es chupar la tapa.
El sábado pasado me pidió que le ayudara a elegir su nueva alcachofa de ducha. Estuvimos en el Leroy Merlin, esa gran superfecie del bricolage con los estantes llenos de testosterona. Mientras mi querido esposo se iba a hacer un recadito, mi amigo y yo estuvimos calculando qué ducha sería mejor: la de los siete chorros con diferentes presiones; la otra, algo más cara pero con un chorro gordo y potente; la del mango ergonómico... Valoramos las opciones, comentamos las múltiples posibilidades que ofrecía el agua caliente, el agua fría, los cambios de chorro bien dirigidos... Cuando me quise dar cuenta, ya me había montado una película muy húmeda entre los que empujaban los carritos, él y una servidora.
Decidí olvidarme de qué iba a hacer ese pedazo de hombre con ese cacho de alcachofa y centrarme un poco. Lo hice por tres motivos básicos:
a) Hemos quedado en que él es mi mejor amigo.
b) Su novio también es mi amigo y, oye, no está bonito ir fantaseando con los novios de los amigos
c)Apareció mi marido, que, por otra parte, suele leer este blog y permanecer en silencio... Aprovecho para saludar: ¿Qué tal, cariño? ¿Seguirás callado hoy?...
El caso es que terminamos comprando un pedazo de ducha que para mi la quisiera... Porque (y aquí viene el sentido de este post) ¿QUIÉN DE VOSOTROS NO HA PERDIDO ALGUNA VEZ LA ARANDELA DE LA DUCHA?
Si alguno o alguna contesta que no, os invito a probarlo. Desenroscad la alcachofa, poned el agua más bien caliente y apuntad donde más os ponga. En el caso de las chicas, os aseguro que es un remedio infalible, cómodo y limpio contra la anorgasmia.
Tiene un inconveniente: mi padre se pasó toda mi santísima adolescencia arreglando escapes de agua.
Es que era una niña poco sociable...