El día de la marmota
A las seis y media de la mañana del viernes me levanté buscando un analgésico.
Miré por la ventana. El viento soplaba con fuerza, algunos trenes de cercanías llegaban a la estación de Atocha en medio de la oscuridad. Parecía que hacía un frío del demonio fuera de casa.
Me imaginé a mi misma andando el lunes por la acera. Evitando las paredes, yendo cerca de la carretera, por aquello de que los toreros cobardes siempren dan los pases lejos de la barrera.
Sentí mucho frío, un poco de miedo, algo de rabia. Sobre todo soledad...
Ayer volví al trabajo. Todo fue exáctamente como lo había imaginado. De hecho, parecía como si el resto del mundo, durante estos tres meses en los que estuve encerrada en casa, se hubiera pasado los días sobando, como en el cuento de La Bella Durmiente.
La misma señora que se cruza comigo en la esquina de la residencia de ancianos. El mismo conductor del autobús que se niega a cobrarme porque sólo viajo una parada. La chica inmigrante con el crío de dos años llegando a las siete menos diez a la puerta de la guardería. No vuelvo a quejarme del madrugón, ese niño sí que está puteado.
Y... los abrazos de verdad, los besos de compromiso, las sonrisas tímidas, que son las que más me gustan.
El Día de la Marmota se instala de nuevo en mi vida. Nada cambia, a excepción del color de mi compañero de mesa, que se ha puesto como un cangrejo en Canarias.
Nada que no cure un buen aftersun.





tumbaita dijo
Si en la vida parece que no pasa nada, siempre las mismas calles, las mismas caras. ¿ que le vamos a hacer ? la vida es así de ingrata.
13 Febrero 2007 | 02:36 PM