De repente, cuando ya empezaba a mandar mensajes en el móvil, aburrida, pensando que nada podría sorprenderme... Un paquete sobrevoló el cielo del Circo Price.
Sí, un paquete, porque esas mallas de lycra brillante no dejaban lugar a ninguna duda. Noté cómo mis sentidos se aguzaban, me elevé sobre la barandilla del gallinero. No quería contemplarlo a través de los barrotes. Estaba buenísimo, pero no pude evitar reirme al verlo columpiándose en su trapecio. Éramos lo más parecido a Silvestre y el Piolín. Creo que no hace falta decir quién era el gato.
Veréis, estaba cabreada como una mona. Pensaba, incluso, en poner una hoja de reclamaciones cuando me senté en la butaca 13, fila 1 de la zona A del circo Price. Habían puesto una especie de malla de seguridad bastante alta para que ningún niño se lanzara desde el gallinero, así que el espectáculo se veía a rombos, a no ser que te desplomaras, literalmente, sobre la barandilla.
Estaba yo deseándole un futuro lleno de parabienes al arquitecto del Ayuntamiento que construyó el teatro cuando, de repente, con estos ojos que se va a comer la tierra, descubrí las ventajas de estar en las alturas. Mirad estas manos, hacéos a la idea y continuad leyendo...

Trapeze hands, San Francisco (California)

A parte de los 20 eurazos que me había ahorrado, vi venir, en directo, sólo para mi, a mi mismo nivel, brillando como sólo una fibra sintética puede hacerlo, al trapecista más increible de todos los tiempos. No es que hiciera cabriolas, porque las volteretitas las daban los otros y él los recogía. Es que... ¡precisamente eso! ¡El cogía al vuelo a todo bicho viviente que saltaba por el aire! Apretaba los muslos y los sostenía, ponía el culo duro como una piedra y se estiraba para sujetarlos, sacaba biceps y aguantaba uno, dos, tres trapecistas y... sonreía. ¡¿Que no aguantará esa criatura con sus brazos, qué no será capaz de levantar con esas piernas como rocas?!!
Yo, mientras tanto, a la vez que ese bocado exquisito volaba aquí y allá, en su columpio, me descubrí con la boca abierta, viéndolo balancearse a metro y medio escaso de mi cara, albergando la secreta esperanza de que las cadenas de aquel trapecio se alargaran exactamente 170 centímetros y esas mallas cayeran directamente en mis fauces.
Diréis que fue una ilusión, un sueño inalcanzable, pero yo os digo que una de las trapecistas tenía unas pistoleras donde no se ponía el sol y si ella volaba, ¿yo por qué no?
Ay, Silvestre, no me digáis que el nombre no me viene a huevo.