Lo intenté... Y no lo hice sola. Me ayudó Juanan. Me ayudó Dientepuro. Me ayudaron dos gintonics y algunas risas. No he nacido para jardinera, pero lo intenté.
Plantamos semillas por toda la terraza, de todo tipo de flores. Cultivamos hasta hortalizas, metiendo la mano en la tierra, super rurales y divinas, despeinadas y entusiasmadas, cual Vivian Leigh en "Lo que el viento se llevó".
Nos faltó decir aquello de "A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre", pero, claro, teniendo en cuenta que nos habíamos metido entre pecho y espalda un asado digno de Obélix, pues no era cuestión.
El caso es que... Sí, ha salido muchísimo verde, pero aquí no florece na. A este paso voy a tener que salir a la terraza con machete, tipo Indiana Jones.
Pero no sólo por la maleza, no, que el otro día puse el piececico a oscuras en el exterior y, en un momento dado, oí "chof, chof".

¡¡¡¡¡¿Chof, chof?!!!!

¡¡¡¡¿Por qué coño "chof"?!!!

Encendí la luz, miré al suelo. Alrededor de treinta gusanos verde fosforito se retorcían en las baldosas de barro. El anélido número treinta y uno agonizaba junto al treinta y dos en las plantas de mis pies.
Hoy, mientras escribo esto, unos cuantos bichicos campan por sus respetos en la maceta de al lado.
Estoy empezando a considerar seriamente la posibilidad de apuntarme a la asociación de amas de casa para aprender a hacer flores de papel, aunque... Estoy segura de que sería ponerlas en la macetas y caer el diluvio universal.

No me preguntéis qué hacían los gusanos cogolleros del maíz en una casa en pleno Madrid, yo tampoco me lo explico.