Cómo quedar como una reina tras una cena romántica

-Ya verás, te va a encantar, me lo recomendó un taxista la primera vez que vine a Nápoles para una entrevista...
-Buf, buf, buf...
-Es que lo fliplas, de verdad, comida italiana auténtica, pasta de la hecha en casa. No sabes cómo me acordé de ti las dos veces que he venido.
-¿Queda mucho? Es que la cuesta es muy larga.
-Ahí está el cartel, ¿lo ves?
Sí, sí lo veo, al fondo, con dos dedos de polvo sobre el rótulo. Entro, nos recibe un señor que perfectamente podría haber salido en todas las entregas del Señor de los Anillos como un cruce entre
un enano, un hobbit (por los pies, sólo que con sandallias) y un orco (por los dientes y por lo bestia). Era el dueño, hacía de camarero.
-¿Nos sentamos ahí, cariño?
-Vale, déjame que me ponga yo de cara a la cocina, que me encanta ver cómo lo hacen todo.
-¿Qué te parece el sitio?
-¿El sitio? Pues... bien, como tú dices... muy napolitano.
¿Napolitano? ¡Y una mierda! Mal rollito, el suelo del restaurante es negro. No, no queridas, no es que sea de wengué, ni de alabastro, ni siquiera "es" negro, "está" negro, que no es lo mismo. La mugre sube por las esquinas del local, se adueña de los rincones.
-Amore, amore, te estoy hablando... Que dice el señor que qué pasta pedimos. Perdone, es que le tengo que ir traduciendo, es española ¿sabe?
-Si te parece pedimos pasta con garbanzos.
-Sí, sí, claro, lo que tu digas.
Me encontraba demasiado ocupada viendo cómo el cocinero se urgaba con una uña entre los dientes, esperando nuestra comanda. Y... A ver quién tenía ovarios de no comerse aquello, con el híbrido de Tolkien sin quitarte la vista de encima.¿He dicho sin quitarme la vista de encima? Miento, la verdad es que este señor escudriñaba sospechosamente el suelo y sus rincones. Daba la impresión, os lo juro, de que buscaba cucarachas o ratones con la vista pa matarlos antes de que los viéramos.
-¿Te puedes creer que han entrado dos extranjeros, han mirado el local y se han ido? La gente es más pija, no saben lo que se pierden.
-No lo saben, no, cariño, dije yo (y tú tampoco, incauto, porque estás de espaldas a la cocina) pensé.
-Mira, mira qué buena pinta. Lo voy partiendo.
-¿Eh? Sí, sí, pártelo, pártelo, que se vaya enfriando.
-Porque este viaje me ha hecho olvidar algunos prejuicios. Porque yo, con lo pija que soy, jamás habría comido en un sitio como este y me habría perdido todo esto que me estás descubriendo.
No sé qué cara puse. Habría dado cualquier cosa por fotografiarla. Sólo sé que estaba tan sorprendida que no podía parar de reir y que no dije nada hasta que salimos de allí. Que me lo comí todo por amor, para no desilusionarlo, para que no se sintiera responsable de haberme llevado a ese antro en nuestra última noche de enamorados. Terminé contándoselo, acabamos riéndonos como locos del momento más freak que nos había tocado vivir en años.

Dos horas después vomité con más arte que Victoria de Suecia en sus mejores tiempos. Creo que fue el único momento en que me permití ser una reina.











calalola dijo
jajajaja, por favor... qué bueno, no me lo puedo creer... eso es amor Mari, sí señora, agrrrrrrr, no te pregunto por los aseos... dejémoslo correr!!!
Por cierto, por qué no nos das el nombrecito del lugar, lo pondré en mi agenda junto con el del Hotel, pa pasar de largo!!!
Un abrazo
19 Julio 2007 | 06:37 PM