Voy a empezar pegándome un moco: mi traje de novia estaba dibujado a lápiz. Todavía alucino cuando recuerdo aquella mañana de Alicante, en la que Hannibal Laguna se sentó con un Faber Castell y dijo "venga, vamos a vestirte para que el italiano se quede medio muerto" y empezó a trazar líneas como quien no quiere la cosa.

He aquí servidora, saliendo del Ayuntamiento convertida en una signora

Fui una afortunada. Tuve un traje de novia que era pura arquitectura, muy Balenciaga, a cambio de pagar únicamente el valor de la tela. Es lo que tiene ser periodista y sacar a los modistas en las páginas centrales de un periódico nacional.

Vale, una vez me he pegado la sobrada (y eso que no he dicho que me maquilló el mismo tipo que acompañó a Lola Flores por esos escenarios de Dios) hablemos del Belengate.
Después de que Rosa Clará le dijera que pasaba de hacerle el traje y de que Vicky y Lucky se negaran a regalárselo (of course), ahora Pronovias la ha dejado plantada. Resulta que hace una semana encargó un traje (maravilloso, por cierto) de Elie Saab y tiene su factura y todo. Luego se lo pensaron y la han llamado para decirle que no, que no la visten, que las clientas que reservaron el mismo traje andan muy enfadadas, que siendo famosa tendría que haber ido con más tiempo, para que le cosieran un modelo exclusivo. Me pregunto cuánto habrían tardado en hacerle uno a Letizia, vamos, se habrían dado más aire que los ratones de la Cenicienta.

Este es el traje en cuestión, está en el catálogo de Pronovias y lo puede comprar cualquiera que esté dispuesto a pagar el pastón que vale (porque lo vale).

AR ha montado en cólera y, cual Agustina de Aragón, ha acusado a los diseñadores de clasistas, llamando a Belén princesa del pueblo, diciendo que ella representa a todas las cajeras, las operarias de montaje, a las mujeres de este país que tratan de salir adelante con esfuerzo.
Un momentito, un momentito... Que sí, que sí, que Belén, en el fondo, es una tía estupenda, que se levanta tres días a la semana a las ocho de la mañana para salir por la tele, que una noche se acuesta a las tantas, para ganárselo en otro programa. ¿Y? ¿Tú sabes la pasta que le pagan por decir lo primero que le viene a la cabeza? Yo no soy cajera, ni reponedora en el Mercadona, pero no doy por supuesto que todas ellas sienten que Belén Esteban es su modelo en la vida. Nos sorprendería conocer cuántas historias se esconden detrás de todas esas mujeres aparentemente transparentes con las que nos cruzamos a lo largo del día. Lectoras en los vagones del metro, cinéfilas en el salón de su casa, artistas de la vida, madres, trabajadoras... Ellas sí saben lo que es ganárselo sudando, pero con sudor del que huele, del que deja cerco en la camisa, del que luego restriegan con jabón de lagarto.
¿Qué tendrán que ver ellas con la Esteban? Pobrecita, que estaba dispuesta a pagar 7.000 euros por un traje de Elie Saab y no la han dejado ponérselo. Es como para que una mileurista le tenga lástima...
Yo os hago ahora una pregunta políticamente incorrecta: imaginad que os da una locura transitoria y os gastáis lo que no tenéis en ese traje, que lo elegís felices de ese catálogo de Pronovias, que os casáis en julio, un mes después que la ex de Jesulín. ¿Cómo os sentaría que, al veros, os dijeran que lleváis el traje de novia de Belén Esteban?
No conozco a todas las mujeres, pero no me equivoco si os cuento que cada una de nosotras -guionistas, cajeras, directoras, señoras de la limpieza, presentadoras, peluqueras- todas y cada una queremos que nuestro vestido de novia sea sólo nuestro o, al menos, pensar que lo dibujaron sólo para nosotras.