Infelices, atormentados, bucaneros....
Hubo un tiempo en el que sólo me gustaban los piratas. Me dejé seducir por la apariencia turbadora del romanticismo más clásico, no del que compras en las postales de los grandes almacenes con frases hechas, si no de aquel que escribieron los atormentados, el que adora los rincones más oscuros de las catedrales, las tumbas más carcomidas, los espíritus más descarnados, los mechones sobre los ojos, las comidas a deshoras, las largas noches de licor a palo seco y tabaco del malo, negro, robado a cualquiera...
Me dejé llevar por la fascinación del espanto, de la misma tortura y recibí con la sangre en un puño y el sexo entumecido (no supe entonces qué era el placer) cartas que avisaban del abismo...
"Quiero manchar todo lo puro que hay en ti
Poner mis dedos sucios en toda la luz que proyectas
Acabar con tu inocencia
Arrastrarte hasta aquí y dejarte caer
Y amar cada parte que oscurezca
Devorar cada trozo de ti que se corrompa para siempre"
Me deje consumir hasta hacerme sombra. Estaba tan acostumbrada a que me vapulearan, a esperar desde una esquina un desperdicio de cariño, que aprendí a vivir como una perra, a lamer la mano, a correr en cuanto se me llamaba, a perseguir el rastro.
Luego, cuando ya quedaba poco de mí y aquel hijodelagranputa decidió perderse en un mar de tetas, me di cuenta de que poco podía hacer más que ir a la deriva. Le supliqué, incluso le lloré en mitad de una calle, pidiéndole a gritos que me dejara abrazarlo. Entonces, me dolía tanto ese hombre, que sentía calambres subiendo por mis piernas. Lloraba, me dejaba dominar por la angustia hasta la náusea y pensaba "qué viva estoy, hay quien no ama así en su vida" y así mataba las horas, regodeándome en mi propia miseria.
Pasé tres años creyéndome lo que durante dos me enseñaron, así que ni siquiera intenté tener una aventura que no fuera sórdida porque descarté que alguien se fuera a tomar el trabajo de amarme.
Entonces apareció él inundándolo todo de luz. Era tan cegador, tan puro, tan blanco, que, al principio, pensé que no funcionaría... Tan acostumbrada estaba al tormento...
Él... recompuso cada roto, revivió cada muñón, alumbró hasta recuperar toda la alegría que se había quedado guardada en algún lugar que nadie conocía, blindado a la serpiente. Entonces aprendí que hay algunos hombres que saben nadar mejor contra corriente que los mismísmos bucaneros.
El otro día me encontré con un pirata. Bajaba la Gran Vía escorándose a la izquierda, con una salpicadura del mar más bravo en la camiseta. Conozco a ese tipo de chicos, sé que resultan adorables en su melancolía, irresistibles en su tristeza de peterpanes solitarios, inadaptados, libres a su pesar... Una hora después apareció su novio, mirándome desencajado. Entonces recordé lo divertido que fue tener un amigo pirata para dejarse sorprender en cada abordaje y lo triste, lo descorazonador, lo terriblemente destructor que resultó amarlo. Y sentí pena por aquella chica de 18 años al mirarlo a él, a ese desconocido del otro día, tratando de sujetarse al timón antes de saltar por su propia voluntad desde la tabla de los tiburones .








juanangelmv dijo
Pues fíjate que creo que soy de esos, de los que nada mejor contra corriente,
En fin darling, que maravilla que apareciese tu salvador
Baci
3 Junio 2008 | 10:19 PM