Cosas que ocurren cuando se cambia un pañal

Por Alessandro Baricco, autor de Seda

Traducido al Español por Gayhetera para el padre de Alejandro

1. El pañal se puede cambiar por tres razones: a) porque lo dice la madre; b) porque lo dice la suegra; c) porque el bebé se ha cagado. Naturalmente, el gesto pierde, en los dos primeros casos, gran parte de su dramatismo. El verdadero, auténtico, cambio de pañal predice la presencia de la mierda. Usualmente ocurre así. La madre coge en brazos al niño, lo huele un poco y dice, con voz un poco cretina: “¿Y qué cosa hemos hechooo, eh? Siento un cierto olorcito… ¿Qué has hecho angelito?”. Después la madre se aparta un poco y te mira. En este momento se distingue al padre de izquierdas del de derechas. El padre de derechas dice: “Qué asco” y llama a la tata, el padre de izquierdas coge el bebé y lo cambia.

2. El pañal se cambia, quieras o no, sobre el cambiador. El cambiador es un mueble que, cuando lo ves en tu casa, comprendes que un montón de cosas se han acabado para siempre, entre ellas la juventud. Es importante estudiarlo bien. Tiene un lado sobre el que apoyar al bebé. Hacer que un bebé se esté quieto sobre el sitio este es como intentar parar una trucha en un lavabo. Es fundamental no distraerse nunca. El bebé recién nacido medio no es capaz de girarse sobre sí mismo: pero el tuyo es perfectamente capaz, en cuanto te vuelvas, de tirarse del cambiador haciéndote el gesto del paraguas, a lo Mary Poppins. Así que, un consejo: tratad de tener bien quieta a la trucha y que sea lo que Dios quiera.

3. Una vez que habéis desnudado al bebé, aparece el pañal. Es el momento de la verdad. Se arrancan lo dos trozos de adhesivo a los lados y se abre el pañal. El panorama es devastador. Es curioso lo que puede llegar a producir un intestino humano virgen: cosas así te las esperas de los intestinos de Bukowski, no de tu Hijo. Pero, qué más da: no hay nada que hacer o… sí, puedes inventar tus propias técnicas de supervivencia. Yo, por ejemplo, me he convencido a mi mismo de que la mierda de mi hijo huele a yogurt. Hacedme caso: si no miráis, podría hasta parecer que vuestro hijo se ha sentado sobre un yogur familiar de los blancos, con toda su nata. Si miráis es más difícil. Pero sin mirar… Yo con este sistema he llegado a conseguir óptimos resultados: ahora cuando abro un yogur me huele a mierda.


4. Agarrad con la mano izquierda los tobillos del niño y levantadlo como una gallina. Con la izquierda, abrid la caja de toallitas y coged una. Ni el mago Copperfield es capaz de hacer eso: las toallitas sólo salen en grupos de ochenta, más o menos. Sujetad entonces el bloque hasta conseguir meter el dedo y separar un número de toallitas inferior a cinco. En este momento, de repente, la gallina-trucha, harta de estar colgada como una idiota, se retorcerá: si no cae, saldrá, sí o sí, esparcido un bonito puñado de caca. En este momento la situación es la siguiente: en la mano izquierda, un pollo-trucha muy parecido a vuestro hijo, en la mano derecha, una bomba química.

  • Trucha común a punto de saltar de la mano


5. ¡NO, NO, ni se os ocurra iros a tirar la bomba química! La trucha se deslizaría hasta el suelo. Así que ponedla en cualquier sitio, cerca (la bomba, no la trucha) disfrutando del curioso perfume de yogurt que se expande en el aire. Sin soltar la presa, con la mano izquierda, usad la derecha para limpiar a fondo y después echadle aceite tipo Johnson's. Si os cae alguna gota sobre la mano, resbalará y caerá inmediatamente abajo, hasta la muñeca, siguiendo por el principio del brazo para caer sobre la ropa. Por la noche encontrareis gotitas, en los sitios más insospechados. Completamente lubrificado el niño, pasadle a la crema antirozaduras (tipo mitosil o similar), un curioso producto farmacéutico que es una mezcla entre la mayonesa Calvé y el yeso líquido.

Llenadle bien el culo con esta crema y, por supuesto, terminad distribuyéndola a indiscriminadamente por vuestra chaqueta, los pantalones, etc. En este momento prácticamente habréis terminado. En este momento y no en otro el bebé hará pipí.

6. El bebé no hace pipí así como así. Lo hace sobre vuestra camiseta. Vosotros, institivamente, dais un salto atrás. Error. La trucha, finalmente, se libera, consigue su objetivo y salta al vacío desde el cambiador. No pasa nada. Retiradlo del suelo y nunca, bajo ningún concepto, le contéis a su madre que se ha caído.

7. Coged un nuevo pañal. Paraos a pensar cual es la parte delantera (generalmente lleva unos dibujitos que ayudan y te hacen sentir imbécil). Meted el pañal entre las piernas del bebé y cerrad. El sistema está bien estudiado: dos piezas que son una especie de papel celo, basta una pequeña presión y el pañal se cierra. Sí… pero… cuánto se cierra? Así está demasiado estrecho, así demasiado ancho, así estrecho, así ancho… Puedes llegar, fácilmente, a los veinte intentos. Es en ese momento cuando el bebé empieza a intuir que tiene un padre idiota y, claro, lógicamente, manifiesta una cierta desilusión y empieza a gritar como un mártir. En poco tiempo se quedará casi sin respiración y bañado en sudor.

8. Olvidando los decibelios expresivos del niño, mantened la calma y probad a vestirlo de nuevo. Este es el momento del body. Cuando Dios llevó a los hombres al paraíso terrestre dijo: parirás con dolor y deberás cerrar todos los corchetes del body del niño. Para cerrar un body hace falta tener: muchísima sangre fría, una vista excepcional y una suerte que te cagas. El número de bodys que se pueden encontrar en la cómoda del chiquillo es sorprendente y todos, absolutamente todos, son pérfidamente diferentes.


9. Si, a pesar de todo, conseguís vestir de nuevo al niño, habréis terminado prácticamente. Entonces es cuando recordaréis que se os ha olvidado el talco: el culo se enrojecerá…. Pensad en los niños del África y llegad a esta conclusión: escocerse es lo máximo que le va a pasar. Entonces, coged al niño y enseñádselo a la mamá. Ella dirá: "¿Le has puesto el talco?". Vosotros diréis: "Sí". Con convicción.


10. Repercusiones físicas y psíquicas. Físicamente, cambiar un pañal quema las mismas calorías que una partida de tenis. Psíquicamente el padre post-pañal tiende a sentirse espantosamente bueno y en paz consigo mismo. Por tres horas al menos está convencido de haber superado la nobleza de la Madre Teresa de Calcutta. Cuando el efecto desaparece, llega un irresistible deseo de ser soltero, joven, idiota y un poco de derechas. Algunos, incluso, se dejan llevar y consultan la sección de "descapotables" de las revistas de Motor. Unos pocos dicen que bajan a por tabaco, se esconden y después, trágicamente, vuelven. En casa encuentran el amor, la seguridad del hogar y de los sentimientos y un agudísimo perfume de yogurt.

Sí, hace mucho tiempo que no posteo, pero, qué queréis que os diga, es que estoy perra con esto del verano. Prometo aparecer más. Sobre todo visitaros.