De cómo perdí un casquete y me uní para siempre a Miguel
- A ver, ¿y por qué no puedo llevar Pamela, como la Bienve?
- Pues porque no... Porque tu madre dice que no y punto, que no estamos haciendo "Lo que el viento se llevo"...
- ¿Y casquete? ¿Puedo llevar casquete, mamá? Todas las niñas llevan casquete, con el lazo y las puntilla, por favooooooooooor.
-Tú vas con el pelo suelto y una flor en la cabeza y sanseacabó.
Pues anda que no era nadie la madre que me parió. A ella no la amedrentaba ni Dios. Mira que ocho años antes ya se pasó buscando a mi hermano hasta media hora antes de la comunión. El muy cabrón, que se había escondido bajo una cama porque no le habían puesto cepillos de almirante en los hombros... Normal, para una vez que podía disfrazarse sin llevarse un capón... Pues nada, ella, mi progenitora, era sobria y sus hijos más, así que ni cepillos, ni pamela, ni hostias. Bueno, hostias sí, de hecho La Hostia, que de eso se trataba la cosa, pero hasta el día H (de hostia) quedaba mucho por padecer.

¡Anda que no habría ido yo bonica con una cosa así!
Pongamos una cosa clara: yo el día de mi comunión pesaba 60 kilos. Lo digo así, sin rodeos, porque pa qué vamos a poner trapos calientes. El caso es que, como comprenderéis, el hecho de llevar una Pamela a lo Scarlata O'Hara o un casquete como mi amiga la Bienve era lo de menos.
Nos recorrimos todas las tiendas de Alicante en busca de un traje de los que ya estaban hechos. Cada vez que pisaba un negocio de la mano de mi madre, se reproducía la misma escena:
-Buenos días, buscaba un traje de comunión para la niña
- ¿Para la niña? ¡Madre mía, qué crecidita, pues no sé, porque más que una comunianta, parece una novia!
Eso es lo que decían delante de mi, inosente criatura de nueve años. Lo que pensaban era más bien esto.
-Buenos días, que vengo a ver si tienen algún traje de comunión que le abroche a mi hija, que no hay manera de que quepa en ninguno.
-¿Para la niña? ¡Madre mía! ¿y dónde quiere que meta a semejante torda? Como no sea en un traje de novia...
Y mientras ellas hablaban, yo echaba el rato probandome lo que sí me entraba, o sea, los benditos casquetes y las pamelas, que no salí drag queen de aquella experiencia porque el creador, en su infinita sabiduría, no me puso nada entre las piernas.
Pasamos por la Cinta de Oro, un gran clásico alicantino, por Galerias, incluso por aquella impresionante sección del Corte Ingles que se llamaba "Kadetes y pollitas", que era como se conocía antiguamente a los adolescentes hasta que a alguien se le cayo la cara de vergüenza de puro cursi.
El caso es que, a la desesperada, mi madre tomó una gran decisión: acudir a Madeleine Novias, una tienda hiperpija que no podíamos permitirnos y que me hizo, a mis nueve años, un traje a la medida. Así era, así es mi madre, que se hartó de que fuera un bicho raro en todos los sitios donde íbamos, que se cansó de ver salir a todas las niñas felices con sus bolsas gigantes inmaculadas y decidió gastarse lo que no tenía para que yo fuera una reina. Todavía me recuerdo arriba de un cilindro de terciopelo rojo, rodeada de mujeres y alfileres. Aún la veo mirándome embobada cuando salía por la puerta de casa hacia la iglesia, satisfecha y viendo como yo sonreía por fin (nunca mejor dicho) más ancha que larga.
Si queréis saber qué hacía Miguel mientras yo buscaba aquel vestido sólo tenéis que apretar aquí








theo dijo
Jajajaja! También yo fui un niño fornido que ha devenido en hombre fornido... ancho de hombros, lo llama X... Al menos, en mi comunión logré no ir disfrazado de contralmirante como la mayor parte de mis compañeros de curso... Mi madre me preguntó "¿No prefieres ir de marinero?", a lo que respondí con la aplastante lógica de "Pero, aquí no tenemos mar..."
Besos!
15 Octubre 2008 | 04:09 PM