Jajajajaj
Sois lo más...
Que llego en cuanto pueda, voy, voy...
Tras años de Mariliendre, un anillo de oro en el anular izquierdo me convirtió en Gayhetera. Es un magnífico cambio. Si no me creéis, consultad a los expertos en http://www.lkan.com/39con.htm
9 Diciembre 2008
Sois lo más...
Que llego en cuanto pueda, voy, voy...
5 Diciembre 2008
Hace siglos que no cuento. Pienso remediarlo. ¿Qué tal el lunes?
Baci, cari
28 Octubre 2008
Las sillas del cine "Los Ángeles" eran de madera, de madera de la mala. No tenían ni cojines, ni terciopelo, ni casi sitio para pasar delante de los demás cuando ya había empezado la peli. Estaba al lado de casa y mi madre me dejaba ir pensando que no me podía pasar nada si estaba a doscientos pasos de sus faldas. Qué tontería, qué equivocada estaba. Aquí lo importante, sobre todas las cosas, era que estuviera al alcance de su vista y, desgraciadamente para mi, aquella tarde de agosto no pudo ver cómo me arrancaron la inocencia frente a una pantalla de dinosaurios de la Troma.
Yo me hice zorra con el tiempo, quiero decir que este emputecimiento que preside mis pensamientos las 18 horas al día en que estoy despierta se me manifestó a partir de los 20. Antes era bastante pava, para qué nos vamos a engañar.
Aquella tarde de calor, de olor a sobaco y a pies tenía 13 años. Era sábado y me senté en el cine clavándome las astillitas en la parte de atrás de las rodillas, en las corvas, que diría mi padre a lo castellano-manchego. Llevaba aquella maldita camiseta que hizo pasar tan buenos ratos a mis hermanos. Sí, una que ponía "Mc Trevor" en el pecho izquierdo a modo de marca y que ellos, en el colmo de la imaginación, utilizaron para bautizar a esas tetas mías que acababan de brotar como las "mactrevoras". Como veréis por la firma de la ropa y la altura de las bromas pasé mi adolescencia en la meca del glamour.
Yo, por entonces, reconozco que sentía cierta aprensión por mi cuerpo. Encontraba que no me pertenecía, que había decidido cambiar sin pedirle permiso a mi cabeza. Aún me recuerdo feliz, con pelos ya en el sobaco, volviendo de la feria con una muñeca que empujaba un carricoche. El caso es que... Ahí estaba yo, con esas curvas que me venían grandes, sentada, tratando de escuchar la película entre los gritos, los eructos, las gracias de los macarras del barrio. Era una sesión doble. Después hacían una película de chicas, de las de amor, de esas que nos hacían soñar con llegar a reinar en nuestra propia vida.
Yo había visto muchos besos ya en el cine. Algunos incluso bastante heavys, cuando mis padres hacían la vista gorda si aparecían los dos rombos.
Me había imaginado cómo sería el primer beso de amor, quién sería él, qué diría yo después de que me rozara los labios, pero entonces aún era demasiado pronto.
Aún sentía miedo, vértigo y vergüenza cuando veía a algunas de mis amigas en las filas del fondo, dejándose tocar por los chicos mayores. Así que yo estaba allí, parapetada en mi infancia, siguiendo el ir y venir de los tyrannosaurus rex. Entonces, por sorpresa, de la oscuridad, salió un monstruo mucho mayor. Noté una mano agarrándome del pelo, por la nuca; otra girándome la cabeza a lo bestia y un aliento imposible que se abría camino hasta mis labios... no, mis labios, no; mi boca... no, tampoco mi boca...se metió, mordiéndome, hasta mi lengua. Y sentí unos dientes medio carcomidos chocando con los míos y una mano más que pringosa apretandome las tetas hasta hacerme daño y una amenaza que no logré entender al oído, pero que quedó suficientemente clara. Era el macarra de los macarras, el medio yonki del barrio. Él, ese y no otro, fue el tipo que me dio el primer beso en la boca, dejándome un regusto de mil demonios y un dolor terrible en el pecho.
Ya no supe qué pasó con aquella familia prehistórica que llevaba toda la película huyendo de los dinosaurios. Todo se volvió borroso. Nadie se enteró de nada en la oscuridad de la sala. Tuve suerte, no hubo ni una sola pausa entre una película y otra. Cuando enciendieron las luces al final de Xanadú, mis amigas vinieron a por mi triunfantes, oliendo a tío, con las mejillas encendidas y el pelo revuelto. Me encontraron llorando, inconsolable. Y así estuve hasta que llegué a casa. Por el camino se rieron diciendo que era una niña boba, una romántica.
Ya no...
Ya no lo fui durante mucho tiempo.
El primer beso después de ese sólo me pareció húmedo y amargo.
Nunca volví a pisar aquel cine.
Jamás me puse de nuevo esa camiseta.
Y, durante mucho tiempo, fui más perversa que dulce con los que trataron de acercarse. Aún recuerdo cómo obligué a uno de mis primeros novios a contarme el cuento de Caperucita mientras lo masturbaba en un rincón oscuro de un parque.
Creo que ahora revivo eso porque me viene a la memoria su cara de sufrimiento, porque me hizo sentir sola y vacía -también fuerte- verlo suplicando. Me gustó vengarme en otro tío, comerme al lobo, aunque fuera una digestión pesada. Pero esa, como decía Michael Ende en mis cuentos de niña, es otra historia y se contará en otra ocasión...
22 Octubre 2008
Me los acabo de comprar

21 Octubre 2008
15 Octubre 2008
- A ver, ¿y por qué no puedo llevar Pamela, como la Bienve?
- Pues porque no... Porque tu madre dice que no y punto, que no estamos haciendo "Lo que el viento se llevo"...
- ¿Y casquete? ¿Puedo llevar casquete, mamá? Todas las niñas llevan casquete, con el lazo y las puntilla, por favooooooooooor.
-Tú vas con el pelo suelto y una flor en la cabeza y sanseacabó.
Pues anda que no era nadie la madre que me parió. A ella no la amedrentaba ni Dios. Mira que ocho años antes ya se pasó buscando a mi hermano hasta media hora antes de la comunión. El muy cabrón, que se había escondido bajo una cama porque no le habían puesto cepillos de almirante en los hombros... Normal, para una vez que podía disfrazarse sin llevarse un capón... Pues nada, ella, mi progenitora, era sobria y sus hijos más, así que ni cepillos, ni pamela, ni hostias. Bueno, hostias sí, de hecho La Hostia, que de eso se trataba la cosa, pero hasta el día H (de hostia) quedaba mucho por padecer.

¡Anda que no habría ido yo bonica con una cosa así!
Pongamos una cosa clara: yo el día de mi comunión pesaba 60 kilos. Lo digo así, sin rodeos, porque pa qué vamos a poner trapos calientes. El caso es que, como comprenderéis, el hecho de llevar una Pamela a lo Scarlata O'Hara o un casquete como mi amiga la Bienve era lo de menos.
Nos recorrimos todas las tiendas de Alicante en busca de un traje de los que ya estaban hechos. Cada vez que pisaba un negocio de la mano de mi madre, se reproducía la misma escena:
-Buenos días, buscaba un traje de comunión para la niña
- ¿Para la niña? ¡Madre mía, qué crecidita, pues no sé, porque más que una comunianta, parece una novia!
Eso es lo que decían delante de mi, inosente criatura de nueve años. Lo que pensaban era más bien esto.
-Buenos días, que vengo a ver si tienen algún traje de comunión que le abroche a mi hija, que no hay manera de que quepa en ninguno.
-¿Para la niña? ¡Madre mía! ¿y dónde quiere que meta a semejante torda? Como no sea en un traje de novia...
Y mientras ellas hablaban, yo echaba el rato probandome lo que sí me entraba, o sea, los benditos casquetes y las pamelas, que no salí drag queen de aquella experiencia porque el creador, en su infinita sabiduría, no me puso nada entre las piernas.
Pasamos por la Cinta de Oro, un gran clásico alicantino, por Galerias, incluso por aquella impresionante sección del Corte Ingles que se llamaba "Kadetes y pollitas", que era como se conocía antiguamente a los adolescentes hasta que a alguien se le cayo la cara de vergüenza de puro cursi.
El caso es que, a la desesperada, mi madre tomó una gran decisión: acudir a Madeleine Novias, una tienda hiperpija que no podíamos permitirnos y que me hizo, a mis nueve años, un traje a la medida. Así era, así es mi madre, que se hartó de que fuera un bicho raro en todos los sitios donde íbamos, que se cansó de ver salir a todas las niñas felices con sus bolsas gigantes inmaculadas y decidió gastarse lo que no tenía para que yo fuera una reina. Todavía me recuerdo arriba de un cilindro de terciopelo rojo, rodeada de mujeres y alfileres. Aún la veo mirándome embobada cuando salía por la puerta de casa hacia la iglesia, satisfecha y viendo como yo sonreía por fin (nunca mejor dicho) más ancha que larga.
Si queréis saber qué hacía Miguel mientras yo buscaba aquel vestido sólo tenéis que apretar aquí
14 Octubre 2008
Miguel Manchego y una servidora os descubrirán por qué supimos recientemente que somos almas gemelas. Para ello, sin que sirva de precedente, publicaremos dos posts paralelos donde desvelaremos un dato inconfesable de nuestra verdadera historia que cambió nuestras vidas para siempre.
Mañana, antes de las 16:30, el pasado más vergonzante del manchego Miguel y de Gayhetera, esa mujer medio de la Mancha.
Que sea lo que DIOS quiera.
Esta es la dirección de mi Miguel
7 Octubre 2008
Nunca he entendido muy bien por qué alguien inventó las puertas giratorias.
Nunca, hasta hoy. Sí, porque esta noche de sábado, en la que hago equilibrios sobre unos tacones de vértigo, sola, con los labios pintados; hoy, a las 22:00 parece la forma perfecta de hacer una entrada espectacular.
Hotel NH Pacífico, avenida Ciudad de Barcelona.
-Buenas noches.
-Buenas noches, señora, ¿desea una habitación?
-No, quiero una de vuestras cajas. La NH Collection.
-¿Conoce las condiciones de la oferta? Verá, aquí dentro tiene el catálogo con todos nuestros hoteles Collection y una llave de habitación. Esto le da derecho a una noche de hotel con el desay...
¿Eso que desaparece detrás del cuello es un rizo? Sí, un rizo, pero no veo dónde se pierde. Me encantaría distinguir la punta y seguir el rastro. Habla, habla, tú habla.... Con esos pantalones de pinzas de los uniformes de hotel nunca se puede ver nada. Claro, que...
-¿Y aquí, concretamente... Sí, venga, fíjese, en este hotel, qué condiciones hay?
Me gusta preguntar y morderme el labio, como quien no quiere la cosa. Hay pocos tios heteros que no se acaricien la nuca después de eso. Ahí, sí, ponte ahí, hueles muy bien... Eso es, acércate...
- ¿Decía señora? Quiero decir... ¿qué quiere saber exactamente?
- Las condiciones, ¿qué tipo de cama podemos elegir?
- ¿Que cama podemos elegir...? Quiero decir puede... o pueden, si va acompañada, claro...
-No, si es para un regalo, ¿a usted no le gustaría que le hicieran un regalo así?
-Me encantaría, me gustaría muchísimo.
-Claro, y más usted. Estoy segura de que alguien que conozca bien el hotel sabría aprovechar cada minuto............. ¿Y bien? ¿Me dice qué camas tiene?
- Sí, por supuesto que sí. Verá, tenemos la cama twin, que son dos camas, la queen, algo más pequeña, la king...
Habla, habla, habla y no piensa en lo que dice... y lucha contra su propia vergüenza para mirarme a los ojos y desgrana precios y plazos de utilización.
-.... y, como le decia, tienen de plazo hasta finales del 2009 para venir a descansar en cualquiera de nuestros hoteles collectión...
-Ya, no creo que la pareja para la que estoy comprando esto sea capaz de esperar tanto. ¿Sería tan amable de sujetarme el espejo o de decirme dónde hay un aseo?
Se pasa el dorso por la nuca, se airea el pelo, el rizo se escapa del cuello y la punta me señala, como si supiera que estaba esperándola. Me aguanta el espejo con pulso firme. Eso me gusta. No habría soportado una mano temblando. Ya llevaba carmín cuando llegué, pero un poco de brillo de labios sobre el rojo siempre es una promesa más.
Tardé media vida en terminar de repasar cada pliegue de la boca.
Como esperaba, ni siquiera las absurdas pinzas del uniforme más feo del mundo son capaces de esconder una buena razón para que, mientras giro la puerta sin prisa, mi cabeza piense que, si alguna vez estoy sola, no habrá otro sitio mejor en Madrid para pasar la noche.Y no seré yo, precisamente, la que pague el regalo...
-Buenas noches.
-Buenas noches, señora, ha sido todo un placer.
-Gracias... lo sé.
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